Desde que los colonizadores llegaron a América en 1492, en estas tierras nada volvió a ser igual. La independencia y la cultura autóctona de los pueblos originarios, nunca volvió a ser la misma. Se quebró irreversiblemente. Mientras los recién llegados experimentaban un proceso de desarrollo y se llenaban los bolsillos, los dueños de casa vivían un extermino.
Y aunque la resistencia fue dura y heroica de parte de los indios guerreros, la tecnología de armas del viejo mundo fue superior. La destreza de una lanza se quebró ante la velocidad imperceptible de la bala. Sin poder evitarse.
El papel de los oriundos de América fue, y sigue siendo complejo. Similar, pero a la vez distinto. Después de la llegada de los europeos la participación política de los nativos en las formas de gobierno implantadas, ha sido nula. O escasa. Hasta ahora.
El 22 de diciembre del 2005, Bolivia escogió al primer Presidente indígena: Evo Morales, hombre de origen Aymará que resultó electo por representar principalmente los interesas indígenas. Una sed de participación pública se manifestó en cada rincón nativo.
Y aunque ellos no contaban con un peso político considerable, lo lograron. Con esfuerzo. Como grupo. Unidos. Y es que sólo faltaba determinación y convicción. Consenso. Golpearon la mesa y fueron capaces de escoger la máxima autoridad de un país: el primer mandatario. La elite nada pudo hacer. Nada. Ni la de Santa Cruz, ni la de ninguna otra parte. Los indígenas sintieron esta vez, brisas de “juntos unidos jamás seremos vencidos”.
En el fondo sabían que no son pocos. Según la revista Mad, en Bolivia, mientras la población indígena urbana es del 15%, la rural alcanza el 63%. Los números no engañan, las razas originarias aún son masivas en América Latina. Y en el caso de Bolivia, son mayoría. Pero no deja de ser curioso que a pesar de la ventaja numérica, siempre hayan vivido subordinadas por grupos pequeños. Pequeños pero poderosos.
En el sitio web de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, respecto a la situación indígena actual, “estos se encuentran marginados, explotados y sometidos a los atropellos de cazadores y empresarios madereros, depredadores de la fauna silvestre y de sus bosques, y de ganaderos, terratenientes y comerciantes (…)”.
Por otra parte, el Estado no ha sabido reflejar las necesidades básicas, de los distintos grupos étnicos de Bolivia. Para ellos, sobrevivir en la historia nacional y mundial, se convierte en un desafío cada vez más complejo.
“Actualmente los pueblos indígenas del país están viviendo una etapa de formación, y capacitación de personas que puedan representar los diversos ámbitos públicos” . Se ha llegado al convencimiento de que para ingresar a la política nacional, se debe estar “entrenado”. O al menos, mejor preparado que hasta ahora.
La instrucción en la administración pública parece indispensable para la incorporación indígena a los distintos órganos estatales. La discriminación de los sectores privilegiados que han gozado del control gubernamental, ha sido el paisaje característico que ha acompañado el camino republicano boliviano.
Minorías poderosas no han sabido integrar, considerar, valorar y respetar, a una porción que más que dar forma a una “subcultura”, es la cultura en sí misma. En su máxima expresión.
El pasado influye en la forma que adquiere el espíritu colectivo de un país. Ahí radica la importancia de cuidarlo. No se puede cambiar, aunque se quiera. Nace. Fluye. Simplemente se da. La historia y sus protagonistas forman parte del alma de sus pueblos. Pero hay veces en que esto parece no importar.
Hasta el momento, el manejo que han tenido los miembros no indígenas del aparato social en relación al tema de los pueblos étnicos, no ha sido el esperado por dichos grupos. Podemos ver, que de un total de 33 grupos étnicos, en 15 años cuatro han desaparecido, según indica el sitio web mencionado anteriormente.
Situación actual
Un gran problema para los grupos originarios, es enfrentar el contexto actual. El entorno, el medio. Y es que cuando los moldes ya están hechos, no hay cabida para las diferencias. El que no calza no ingresa. Los dados de participación del sistema ya han sido arrojados, y los indígenas por mucho tiempo, quedaron fuera.
La medicina tradicional, la educación, el lenguaje, y la religión nativa, son consideradas “retrógradas” en Bolivia, y en el resto del continente en general. No motivan promoción de parte del gobierno.
Aparentar e implementar uniformidad en las formas de vida, ha sido la elección. Sin una iniciativa de comprensión hacia el origen, el pasado fue reemplazado por lo nuevo, sin reparar en los daños. Incluso el término “indio”, ha sido utilizado como dardo verbal ofensivo, tanto para humillar, como para desfavorecer y despreciar. En tanto, intentar fortalecer la autovaloración de los grupos étnicos parece fundamental.
La percepción hacia los indígenas se desfigura por prejuicios y estigmas, que para ellos resultan pesados de cargar. Sin embargo, a pesar de la adversidad, hoy quieren alzar la voz y no sólo subsistir, si no también participar activamente de las decisiones políticas.
Una masa crítica emergente, política, consiente, y por sobre todo indígena, ingresó al sistema. Al fin las puertas del ordenamiento político debieron ser abiertas para ellos.
En el contexto de la situación actual, Carlos Mamani Condori, historiador Aymará, en una entrevista publicada por Aymara Net, cree que reconocer tanto la colectividad, como el territorio-espacio vital, y el camino que se debe emprender, es lo que ellos tienen que hacer.
Además agrega que, “en el actual estado Boliviano está la mayor parte de nuestro cuerpo nacional, el esfuerzo debe ser mayor aquí. Un dato que están haciendo circular los Aymaras que estudian en FLACSO, es que los indios en Bolivia somos el 80 % según la CEPAL, si descontamos a los orientales y establecemos con claridad histórica que los quechua hablantes en Bolivia no son más que Aymaras, entonces debemos tomar conciencia de la significación de nuestra fuerza demográfica, así como de la perfecta continuidad colonial y el dominio de una pequeña casta de criollos”. Para Mamani, el único camino viable es la descolonización, utilizando la organización, como principal herramienta. Sus planteamientos son radicales.
Triunfos legislativos
Las leyes son un soporte constitucional para distintos sectores que componen la sociedad. Garantías, límites y reglas, se pueden encontrar entre sus artículos. Así es como, dichos estatutos pueden favorecer, ignorar, o incluso perjudicar a ciertos actores. En el caso de Bolivia, la Carta Magna solía no tomar en cuenta las necesidades de pueblos originarios, relegándolos al olvido.
Pero en el último período de su historia, la situación ha variado. Y no fue fácil. Organización, coordinación y manifestaciones, fueron la formula.
En la década de los 80 las movilizaciones lograron verdaderas transformaciones. Una Resolución Suprema que se concretó en 1989, llegó a sembrar esperanzas. Según informa el boletín electrónico InterCambios, mediante el trabajo realizado por José Aylwin en la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, este logro legislativo impulsó el reconocimiento, asignación, y tenencia de áreas territoriales.
Un año después, en 1990, se llevó a cabo una importante congregación de nativos que reclamaban por sus tierras originarias. Éstas, a pesar de la Resolución Suprema, seguían sin serles reconocidas. Pero ellos no podían seguir esperando. Estaban ya cansados de hacerlo. Más aún cuando estaban tan cerca de ganar la batalla. A un paso. Tenían que hacer cumplir la ley.
Entonces debieron juntarse. Esta vez para llevar a cabo una marcha que quedó en la memoria boliviana. Para siempre.
El Oriente, la Amazonia y el Chaco boliviano, mostraron que podían remar juntos por la causa, dando vida a un hecho que pasó a llamarse: marcha por el territorio y la dignidad. En aquel momento, descubrieron que con el mutuo acuerdo, podían hacerse escuchar. Demostraron que cohesionados, sí estaban en condiciones de exigir.
Para el sitio Rebelión internacional, “el logro de esa marcha fue, según el CPESC (Coordinación de Pueblos Étnicos de Santa Cruz), la aprobación de un Decreto Supremo que reconocía la existencia de los primeros territorios indígenas, y el reconocimiento nacional e internacional de la existencia de los pueblos indígenas de las tierras bajas”. Ganancia no menor.
La ingratitud constitucional hacia razas que un día fueron despojadas de todos sus derechos, sin más retribución que la “evangelización”, era evidente.
Pero en los años 90, profundas transformaciones marcaron el área legislativa. En el documento de Alwyn, se manifiesta que con la llegada al poder en 1993, de Gonzalo Sánchez de Lozada (1993/1997), cuyo Vicepresidente fue el líder aymará Víctor Hugo Cárdenas, se inician cambios sustanciales en el Estado, los que abarcarían una dimensión económica, administrativa (Ley de Descentralización Administrativa Nº 1654), participación popular y el agro (Ley INRA), entre otros. Además, se agrega que en 1994 se reforma la Constitución, y que ésta, es la primera en la historia republicana que reconoce a Bolivia, como un país multiétnico y pluricultural.
Por primera vez los derechos indígenas se estampaban en el ordenamiento jurídico. Sin embargo, Aunque han logrado insertar derechos e intereses en el cuerpo legal, hacerlos cumplir ha sido un reto que no termina. Existe un vacío real en la práctica.
En el sitio web, El Morrocutodo, se explica que, “Evo Morales cree que hasta el momento todas las Constituciones de su país han sido ilegítimas al haber sido redactadas por una elite apoyada desde el exterior y no por las comunicaciones indígenas que representan el 60 % de la población. Para él la Carta Magna debe reflejar la organización política y económica que la mayoría desea”.
De ahí radica el sentido de la creación de una Asamblea Constituyente, integrada por 255 personas -en su mayoría del partido Movimiento al Socialismo, MAS- habilitada para la reformulación y formación de la totalidad del Estado.
En el mismo sitio mencionado anteriormente, se señala que la intención de Morales de reconocer la mayoría indígena en las estructuras políticas “exigía”, en opinión de su círculo, una nueva Constitución.
Por otra parte, se agrega que los legisladores del oficialismo esperan realizar los cambios en armonía con las tradiciones indígenas del país, e incluso, han propuesto el cambio al escudo nacional.
La idea es incluir la ilustración de la hoja de coca, planta que mascaron los nativos durante siglos y que hoy, se utiliza principalmente para elaborar cocaína. La hoja de coca es, y ha sido siempre, un elemento propio de las civilizaciones autóctonas bolivianas. La inclusión, tendría una importancia más bien simbólica.
Tarea comunicativa
La Confederación de los Pueblos Indígenas de Bolivia, cuenta con una Comisión Nacional de Comunicación, compuesta por responsables directos en las diferentes regiones. Así es como, en algunas zonas ya se están utilizando medios tales como radio, e Internet.
Sin embargo, en este tópico el desafío recién comienza, y aún falta mucho por hacer. Las redes de comunicación inciden directamente en la organización de los grupos étnicos. Tejerlas, es imprescindible para el intercambio fluido de mensajes. Estas permiten dilucidar el clima político y social, predominante en el interior de las comunidades. Gracias a ellas, los personajes se mantienen unidos y organizados, ejerciendo una fuerza política más poderosa.
Así mismo, “un enfoque de comunicación interculturalpara el desarrollo requiere, en primer lugar, el manejo de procesos locales de comunicación por parte de los pueblos indígenas que puedan integrar también el uso de medios como la radio, el video, las nuevas tecnologías de la información y comunicación (TICs) y otros en función de objetivos de desarrollo indígena”, se afirma en el sitio electrónico fao.
Finalmente, podemos decir que la integración indígena en el marco político se verá más palpable y cercana, cuando ésta sea acompañada por el acercamiento de ellos a los códigos propios de la modernización. Así como también, al incrementarse una mayor conciencia social, la percepción de grupos distintos al predominante mejoraría sustancialmente.
La aceptación es una tarea de todos. En este desafío, no hay grupos que puedan quedar fuera. Aunque incrementar políticas que motiven respeto, comprensión, conocimiento hacia otras culturas, claramente fortalecería relaciones entre pares diferentes, el compromiso no es sólo a nivel gubernamental. Si no más bien general. La capacitación es imprescindible para el ingreso de los pueblos originarios al sistema, sin embargo, si no se acompaña de una empatía social, esta se vuelve inútil.
El gran cambio del papel que los oriundos interpretan en el escenario nacional, debe ser fruto del impulso colectivo. A veces, una oportuna reflexión despierta conciencia social. Y esta, es simpatizante innata de las razas excluidas.
La globalización ha avanzado a trote rápido, atropellando las raíces. La ciencia y la tecnología propia del mundo moderno, aún no han reparado en daños, y talvez nunca lo hagan.
Los autóctonos hoy, se sostienen como pueden. El tiempo se les agota y lo saben. Con el puño en alto intentan mostrar que viven. Que son parte del presente. No fantasmas del pasado, como muchos hasta ahora, han pretendido.