Las favelas de Brasil:
Un carnaval de miseria
¿Banditismo por pura maldade, banditismo por necessidade? Esa es la pregunta que no sólo se hace el cantante de maracatú Chico Science, sino todo aquel que se enfrenta a la extrema marginalidad a la que están condenados niños y jóvenes que viven en los arrabales de las grandes ciudades brasileñas.
Por María Fernanda Araya Pardo
Al pensar en Brasil, lo que primero se nos viene a la cabeza son las imágenes playas paradisíacas, caipirinhas, samba, carnaval y bosanova. El destino perfecto para disfrutar de unas vacaciones soñadas.
Sin embargo, este lugar de ensueño tiene un “lado b”: la crítica realidad de millones de personas que viven día a día entre la pobreza, el crimen, y la marginalidad de las favelas.
Así, en los suburbios brasileños, mujeres, hombres, niños y familias completas, sobreviven en condiciones infrahumanas, donde la carencia tanto material como afectiva reinan, debido “a la falta de presencia del Estado, que no cumple con la obligación de garantizarle sus derechos sociales y humanos”
Estas personas al habitar en la periferia, se encuentran totalmente alejadas de lo que sucede en las ciudades más importantes de la nación carioca, donde todo es baile y alegría. “Para el gobierno de los ricos no importan sus problemas, puesto que como son parte de la miseria de la ciudad, están demasiado apartados de la imagen perfecta de Río de Janeiro”.
Es así, como la imagen de un grupo de muchachos asaltando un camión de gas para repartir los galones y el dinero entre sus vecinos, no es una visión surrealista, es parte de lo que fueron y lo que son las favelas, donde se roba por necesidad. La falta de comida, alumbrado eléctrico y agua potable, los conduce también a la venta y consumo de drogas, y con ello a una de las consecuencias inherentes de la pobreza: la violencia y criminalidad.
Así, los niños que viven en las favelas, ya no juegan a disparar, sino que definitivamente aprietan el gatillo, matando sin razón. Porque saben que son reconocidos y estereotipados como escorias, al ser parte de estas comunidades, cuyo 25 % se encuentra en Río de Janeiro.
Lo que los lleva a sentirse totalmente excluidos y abandonados por su país. Y los hace albergar un hondo resentimiento, que se convierte en el motor fundamental de su comportamiento.
En estas condiciones se produce lo que Jean-Christophe Rufin -ensayista político- denomina en su obra “El imperio de los nuevos bárbaros”, como anomia social (ver recuadro), porque se trata de niños generalmente abandonados no sólo por sus padres, sino también por un sistema social que no los incluye, por lo que se alienan, obviando la ley que rige para todos los brasileños, y a su vez creando sus propias normas, donde matar y delinquir son reglas básicas de subsistencia.
Tierra de nadie
Frente a este escenario incontrolable de matanzas, violencias y abuso, existe una fuerza policial incapaz de hacerse cargo de los delitos que se cometen al interior de las favelas, principalmente porque con los niveles de violencia que hay, les es peligroso ingresar, y tal como se retrata en la película prefieren no hacerlo, no sólo porque les resulta arriesgado, sino porque mientras los habitantes de éstas comunidades no atenten contra los residentes de Sao Paulo, no es importante.
Por esa razón, no se rehúsan a aceptar los sobornos de los mismos delincuentes que habitan esos suburbios, puesto que así aprovechan de lucrar, sin detener a nadie, y permitiendo de paso, que suceda de todo al interior del arrabal. Al parecer “Prefieren que se maten entre ellos” .
Esta situación resulta una verdadera bofetada, pero más doloroso es enterarse de que asesinar es uno de los hábitos que allá se aprenden desde niño.
Estos menores, alienados totalmente del sistema, cultivan la pasión por las armas y la doctrina de la sangre fría. Matando sin razón aparente, por dinero, por trabajo y por venganza a la vida que les tocó vivir.
De esta manera, los niveles de esperanza de vida se reducen a lo que para nosotros es aún el apogeo de nuestras vidas. “En la Ciudad de Dios, un niño de 16 años está en la plenitud de su vida. Sabe que si tiene suerte vivirá tres o cuatro años más. Sabe que morirá pronto y que va hacia su muerte como si estuviese buscando su destino final”
Definitivamente en el mundo de las favelas no existen límites. Porque las ambiciones de sus habitantes crecen, pero desde otras perspectivas, ya que el mundo del tráfico de drogas es una constante tentación a “ser más”, y convertirse en alguien poderoso, que dispone de dinero. Es por ello que quien es el líder de una banda de narcotraficantes, ostenta tanto poder que impone sus propias normas y leyes para la comunidad, obviando el Estado de derecho que impone la Constitución brasileña.
El narcotráfico, es un elemento que según Jean Rufin “conduce en las zonas urbanas, a una criminalización de la vida social y a la instalación de verdaderos contrapoderes clandestinos, incluyendo la corrupción política y policial”. Un ejemplo de esto es el hábito que tienen los policías al encubrir a quienes trafican, después de ser pagados con una buena suma de dinero.
Además, la venta de cocaína es una actividad más lucrativa que los habituales asaltos, por lo que los habitantes de las favelas optan por esta manera de ganar fácil y rápido más dinero.
Ser narcotraficante es a lo máximo a lo que pueden aspirar los habitantes de las favelas, por qué no les dan trabajo honesto y honrado por el solo hecho de vivir allí, y porque además son reclutados desde pequeños por las bandas de narcotráfico, al no tener la opción de asistir al colegio, por lo que se especializan en esta actividad ilegal, haciendo de ella una verdadera “carrera de la vida”, puesto que una vez aprendido el oficio, se instalan con sus propios negocios.
Lo anterior es lo que determina su estado perpetuo de pobreza, condenando así a quien nace en la favela, a vivir pobre y morir pobre, porque no tienen otra opción ni menos esperanzas de salir de este círculo. En donde la miseria no es una condición por gusto ni por flojera, sino por falta de oportunidades y una incesante exclusión social.
En tanto, en el ambiente del tráfico pueden ser desde repartidores o deallers hasta verdaderos gerentes de la actividad, convirtiéndose en líderes de bandas organizadas quienes no sólo imponen sus propias normas, sino que deciden y actúan representando el sentir y el pensar de sus integrantes, al enfrentarse a otras mafias con las cuales protagonizan grandes riñas y asesinatos, los que son comandados por niños, quienes “guardan una especie de alegría, de poder infantil que hace reír y esconder su tragedia” .
Esta es la realidad de aquellos pequeños, que en vez de estar jugando, están matando a otro de su misma edad porque su jefe, que tiene un par de años más que él, se lo ha impuesto, y él lo realiza sin ni siquiera tener la posibilidad de reflexionar si lo que están haciendo está bien o mal. Porque no sólo hay una ausencia notable de los padres, sino porque los círculos de amistades y los ejemplos de vida que tienen los niños se reducen a quienes venden más droga y a quienes asesinan.
El narcotráfico y la extrema violencia que se vive en los suburbios es muy difícil de contener, sin exterminar a los policías corruptos, también llamados por el ex ex ministro brasileño de derechos humanos -Nilmario Miranda- como "la banda podrida de la policía", quienes mediante su abuso de poder, permiten y protegen la práctica de la tortura, de las prisiones ilegales y las ejecuciones sumarias" que sustentan la vida cruenta en este tipo de suburbios.
Adicional a esto, la extra exclusión y la segregación que reciben los jóvenes residentes de estas comunidades, los hace fomentar el odio que sienten por quienes viven en el centro de la ciudad, a los que denominan como “playboy” (ver recuadro), sobretodo porque pueden educarse, y porque tienen otro tipo de oportunidades a las que ellos jamás podrán acceder. Aunque ya no están tan lejos de conseguir bienes materiales, puesto que la ropa de marca y algunos lujos los obtienen mediante la venta de drogas. No obstante, ellos no pueden comprar un mejor círculo social, oportunidades o una vida normal.
Muchas veces este resentimiento corroe a las personas, convirtiéndolas en verdaderos demonios humanos, que no tienen límite ni misericordia con nadie, y que asesinan casi por inercia.
Sin embargo, hay gente que desea salir de ahí, pero que no puede, porque la población brasileña los excluye y reniega de ellos, negándoles incluso la posibilidad de trabajar para poder surgir. De hecho, por más que se intente cambiar, no se puede, porque “la honradez no paga” , porque nadie lo reconoce.
Y aunque muchas veces algunos se proponen dejar de delinquir para cambiar de vida, antes de que eso suceda, mueren a manos de su propio mundo: el de la criminalidad.
Una de las causas vitales de este determinismo en el que viven, es precisamente la falta de educación, asunto por el que aumenta la cantidad de niños que decide asaltar o vender droga.
La mayoría de estos niños no llegan a conocer una escuela, colegio o algún tipo de educación, ni menos un trabajo común y corriente que les otorgue suficiente dinero para subsistir, porque “nacieron y morirán excluidos por una sociedad que los ignora, por una policía que no se atreve a entrar en las dependencias de estos barrios por miedo a que les suceda algo” , y por un conjunto de medios de comunicación que ignoran esta realidad, y por ende deciden obviarla al momento de llenar sus páginas, salvo cuando se trata de un crimen o de algo que les haga vender.
Esta familiaridad con la droga y con la criminalidad, provoca que los niños no sólo la vendan, sino que también consuman, y que en una jalada de coca se aspiran su niñez, sintiéndose hombres antes de los 10 años, sólo por haber consumido droga, robado y matado.
Como se pierde el respeto por todo tipo de normas y leyes, porque nadie las reclama tampoco, deciden hacer justicia por sus propias manos, por lo que las armas pasan a ser un factor muy importante a la hora de defenderse de las diferentes mafias. Es acá donde la policía vuelve a jugar un rol fundamental, puesto que muchas veces algunos de ellos son los proveedores de las pistolas y ametralladoras que exterminan a centenares de personas, mediante el tráfico ilegal de armas.
A pesar de todo la miseria y el verdadero abismo en el que viven estos cariocas, desde hace un tiempo, existen corrientes tercermundistas (ver recuadro) que ven positivamente a estas bandas de narcotraficantes, que dan orden a las favelas mediante su propia imposición de leyes, ya que consideran que se les puede ayudar para que se constituyan en organizaciones estructuradas, sin embargo también fomenta el círculo vicioso, puesto que “los testimonios de quienes viven en las favelas, certifican que la socialización en curso está siendo articulada por la criminalidad organizada. Desarrollándose las redes de producción y tráfico de drogas simultáneamente con la miseria urbana” .
Por lo anterior, no queda más que pensar que tanto los niños como jóvenes de los arrabales brasileros están destinados a pasar sus cortas vidas en la miseria, la desolación y el abandono propio de un ambiente sórdido, en donde las figuras de los padres educadores, casi no existen, y donde se nace condenado a pasar el resto de sus días en los suburbios de la ciudad. “Como en una caja de Pandora moderna, de la cual salen todos los males pero, a diferencia de la entregada por Zeus, ni siquiera la esperanza queda para resistir los embates de la marginalidad. ”
De acuerdo a un informe elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para el año 2020, Brasil tendrá 55 millones de personas viviendo en favelas.
Mientras tanto, distintas ofertas turísticas se siguen promocionando, con el afán de proyectar la imagen de una tierra paradisíaca, atractiva y feliz. Olvidando a los pobladores de estas barriadas, quienes parecen no existir para el resto de los cariocas, sólo por ser la otra cara de Río y de las grandes ciudades…un verdadero carnaval de la miseria.