En el país “mais grande do mundo”, no todo es samba y caipirinha. Como toda nación en su interior también existen conflictos y bien lo sabe su presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Quien en la campaña del año 2002, entró en el juego de las promesas hacia el pueblo, sobretodo del sector agrícola, sediento en busca de soluciones.
Lo primero que hizo el mandatario brasileño, al asumir su mandato el 1 de enero del 2003 fue comprometerse con el Movimiento de los “Sin Tierra” (ver recuadro), a quienes les aseguró que durante los cuatro años que durase su mandato, al menos 400.000 familias campesinas tendrían acceso a las tierras y por ende podrían sembrar en ellas.
Esta medida había sido pensada para que el país de la “eterna alegría”, pudiera seguir creciendo. Según el discurso que Lula da Silva señaló ante el Congreso “La reforma agraria será realizada en tierras ociosas, en las millones de hectáreas hoy disponibles para la llegada de familias y de semillas que brotarán vigorosas con líneas de crédito, asistencia técnica y científica”.
Promesas que mantuvieron al sector agrícola ilusionado, porque al fin estaba apareciendo un presidente que tenía como objetivo solucionar sus problemas. Sus palabras calaban hondo entre los brasileños “vamos a garantizar trabajo para quien quiera no por una cuestión de justicia social, sino para que los campos de Brasil produzcan más y traigan más alimentos a las mesas de todos, traigan harina, soya, trigo, frutos, nuestros frijoles con arroz”.
Esta problemática no es nueva en Brasil. Durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso -quien antecedió a Lula- nunca se consideraron los problemas agrarios del país. Es más, durante su gobierno, el año 1996 se asesinaron más de 19 campesinos pertenecientes al Movimiento de los “Sin Tierra”, en la comarca de El dorado de Carajás. Precisamente fue este acontecimiento lo que llevó a movimientos campesinos a conmemorar el Día Internacional de La Lucha Campesina, el cual se celebra los 17 de abril de cada año.
Este hecho demuestra el repudio que guardaban los campesinos hacia los políticos. Por ende aquellas palabras de Lula da Silva, emitidas a inicios de su mandato, llenaron de ilusión al campesinado de Brasil. Por eso le brindaron su apoyo, a aquel político que se mostró más cercano al pueblo, quien en periodo de elecciones parlamentarias les prometió atacar su problema agrario.
La impaciencia fue tal que el Movimiento de los Sin Tierra, buscó todas las instancias posibles para recordarle al mandatario que cumpliera lo que habían prometido, que consistía en un programa público, de gobierno, que aplica la constitución para luchar contra la concentración de la propiedad de la tierra. Distribuye la tierra para las familias de trabajadores y democratiza el acceso a la tierra.
No es novedad que los políticos en época de elecciones hagan un centenar de promesas y sólo un tercio de todo lo que dicen se cumpla. Frente a esto responden con argumentos vagos. En el caso de Brasil, la justificación se basaba en que el país no pasaba por un buen momento, ya que estaba saliendo de una crisis económica, la que impedía utilizar el presupuesto existente en la implementación de la reforma agraria.
Quizás este fiel representante de los trabajadores, le dio vuelta la mano a ese perfil de político que no cumplía con sus ofertas. Pero de manera lenta, ya que sus promesas tardaron en ser efectuadas, de todas las medidas planteadas, sólo una minoría se ha llevado a cabo.
Entre ellas destacan las 381.419 familias que recibieron tierras, además existió una ampliación de crédito, garantía de precios mínimos, educación, y asistencia técnica a los pequeños agricultores.
Otros de los puntos altos del gobierno de Lula fue el fortalecimiento institucional del sector, puesto que triplicó el presupuesto del Instituto de Colonización y Reforma Agraria (Incra). Además el año 2006 se aprobó, la ley de agricultura familiar, la que está a cargo del 40% del valor bruto de la producción agropecuaria.
Todo resulta muy positivo, hasta se podría pensar que Lula es el salvador agrícola. Pero hay que recordar que estas declaraciones optimistas, son las declaraciones oficiales. Porque existe otra realidad en el país, la que corresponde a los afectados, a esos campesinos que día a día luchan por ejercer los derechos que proclama su constitución.
Es evidente que la persona que está a cargo de la cartera agrícola tiene una mirada positiva frente a los hechos. Pero si se comienzan a analizar las cifras, resulta que reaparece una desilusión, porque una vez más el presidente cumplió con la mecánica de sólo llevar a cabo, una parte de las medidas planteadas.
Si bien en un principio el gobierno prometió la entrega de tierras a 400.000 familias y en la práctica sólo recibieron 381.419. ¿Qué pasa con el 4,65 % restante?
Esto no es todo, tomando otros datos concretos Lula da Silva, se puede establecer que el mandatario no cumplió con el plan Nacional de Reforma Agraria que el mismo había planteado en un principio.
Según datos entregados por el coordinador del Movimiento de los Trabajadores Rurales “Sin Tierra”, Joao Pedro Stédile, “este gobierno no priorizó a las familias que llevan años viviendo en campamentos a la espera de tierras, ni actualizó el índice de productividad de los predios rurales, parámetro sobre el cual se ordena la expropiación con fines de reforma agraria, ya que la Constitución establece que la propiedad atenderá a su función social”.
Hay muchas cosas que faltan por solucionar, por ejemplo aún existen familias que viven en campamentos y predios improductivos que están siendo ocupados por campesinos. Además continúan las peleas entre propietarios y ocupantes de las tierras. En pleno siglo XXI se experimenta en el campo, una especie de feudalismo, resulta curioso que una de las naciones más grandes de América del Sur, aún no solucione conflictos elementales para el progreso del país que se basa netamente en la explotación de las tierras.
Lula da Silva, tiene una complicada misión, ya que el pueblo le dio la oportunidad de gobernar por un segundo periodo. Sumando todos estos años en el poder, se podría decir que existe tiempo suficiente, para que de una vez por todas pueda sacar de su país la estructura latifundista que ha existido durante décadas. Pero que pasa con el otro lado de la moneda, los campesinos ¿Serán capaces de lograr la unión y fortaleza alcanzada en 1996? ¿Tendrán la valentía necesaria para colocar ante los ojos de la opinión pública, las falencias agrarias que aún persisten en Brasil? Por ahora ambas parecen interrogantes inconclusas. Lo que si es seguro es que de esas interrogantes depende el futuro agrario de toda una nación.