“Los medios de comunicación del mundo entero sólo dan a conocer las cosas malas que ocurren en Colombia”, señala Hugo Posada, un colombiano que reside hace tres años y medio en Chile. Además, sentencia que “Colombia es mucho más que la guerrilla y el narcotráfico”.
La afirmación de este cafetero no está muy alejada de la realidad, debido a que lo más conocido de este país son las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), una agrupación insurgente y terrorista que está integrada por aproximadamente 12.000 y 17.500 combatientes, que pretende establecer un Estado marxista-leninista y bolivariano.
Esta cofradía realizan actos violentistas e ilegales para llevar a cabo su misión y financiarla. Si bien en los inicios sólo cobraban un impuesto a los traficantes de droga, ahora se dedican a la producción de esta para costear su armamento. Otra entrada de dinero de los revolucionarios son los secuestros a personas de diversos sectores de la población.
Por estas razones es que en Colombia existe una masiva migración interna, que obliga a los habitantes del campo a marcharse a las grandes ciudades en grupos de hasta 3.000 personas a la vez. Este es el país del mundo con mayor número de desplazados internos.
Hugo Posada cuenta que más que la violencia, el problema principal para los colombianos, es la falta de oportunidades laborales, debido a que las ciudades están sobre pobladas.
También señala que muchos de sus compatriotas piden asilo en otros países mintiendo sobre su situación. E incluso, dicen que están amenazados por las FARC, sólo para poder ingresar al territorio y trabajar. La mentira se hace evidente cuando en un par de años vuelven a Colombia con los bolsillos llenos de billetes y sin ninguna preocupación.
A juicio de Hugo “por culpa de estas patrañas es que Colombia tiene una mala imagen en Latino América y el mundo”
“La mayoría de los colombianos que deciden abandonar su patria residen al interior del país o en algunos de los principales centros urbanos, como Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga, Pereira, Manizales, Cúcuta”.
Los ciudadanos que emigran se trasladan entre países fronterizos o geográficamente cercanos, movidos por la ilusión de encontrar fuera de su Nación más oportunidades y mejoras económicas.
“Hoy en día estos emigrantes suman aproximadamente 3 millones de personas que, además de representar un problema social, provocan una complicación económica porque los dineros de los inmigrantes legales o ilegales alcanzaron el tercer renglón dentro de las entradas económicas de Colombia, aún por encima de la producción de café”.
Posada, es uno de los tantos colombianos que ha decidido salir a probar suerte fuera de su país. Su primera excursión ocurrió hace doce años, en 1995, cuando dejó la ciudad de Pereira para dirigirse rumbo a Costa Rica. Con un poco de dinero en su billetera y una pequeña maleta, llena con algo de ropa y una foto de su madre, tomó el bus más barato hacia su nuevo destino. Después de un largo viaje, Hugo llegó a la provincia de San José, capital de Costa Rica y centro del comercio.
Durante un rato dio algunas vueltas por los mercados y a cinco horas de su llegada encontró su primer trabajo. Tuvo que descargar y cargar un camión con verduras, cosa que no era nueva para él porque en su ciudad trabajaba en lo que fuera. Ni siquiera preguntó cuánto le iban a pagar porque estaba seguro de que iba a ser una suma considerable, pero se equivocó, le pagaron una miseria.
Después de tres meses y de algunos trabajos mal remunerados tomó sus pocas cosas y volvió a Colombia, con menos dinero del que llevaba en un comienzo. Una vez en su casa juró que jamás volvería a salir de su “querida Pereira”.
A medida que transcurrían los años todo seguía igual, nada cambiaba ni mucho menos mejoraba.
De vez en cuando Hugo pensaba en la posibilidad de volver a salir del país pero temía arriesgarse otra vez.
En noviembre de 2003, ya casado y con una hija de siete años, Hugo decidió venir a Chile con su familia, pero esta vez con más precauciones. Trajo consigo todos los ahorros que tenía y además, contaba con la ayuda de una cuñada que lo alojaría hasta que se estabilizara económicamente.
Apenas llegó a Santiago se puso a trabajar en los “fletes” del Persa Bío Bío con una camioneta que le prestó su cuñada, le iba bastante bien, pero él quería tener su propio negocio.
Cuando obtuvo la residencia invirtió toda su plata en un ciber y en un centro de llamadas. “Cuando abrí el local sólo tenía dos computadores y un teléfono, ahora tengo cuatro computadores con sus respectivos módulos, tres cabinas telefónicas y vendo hasta dulces”, dice con orgullo.
El colombiano comenta que está muy feliz con la situación económica que tiene actualmente y con la educación que le está entregando a su hija. Argumenta que “la educación chilena es muy bien mirada en mi país”. La afirmación fue respaldada por dos estudiantes colombianos que escucharon la conversación y comentaron que ellos vinieron de intercambio a estudiar ciencias políticas porque tuvieron muy buenas referencias de la Universidad de Chile. Además, uno de ellos señaló que así podrían tener mejores oportunidades en Colombia o fuera de ella.
El grupo de cafeteros fue enfático en recalcar que ellos no salieron de su patria a causa de las situaciones de violencia que provocan los guerrilleros y los grupos paramilitares, porque esas situaciones no son cotidianas, lo que sucede es que los medios de comunicaciones sólo exaltan esos hechos. Las causas más comunes de emigración son la falta de oportunidades y mejores condiciones de vida.
Lo más complicado que le ha tocado vivir a Hugo en nuestro país, no ha sido ni el clima ni la discriminación, si no el choque cultural con el que tiene que lidiar todos los días. “Yo soy muy conversador y saludo a todo el mundo, pero los chilenos a veces no dan ni las gracias, hay algunos que vienen todos los días a mi negocio y cuando pasan junto a mi en la calle bajan la mirada y no me saludan”, comenta sorprendido.
El comerciante extranjero está muy agradecido de Chile, pero extraña a su “querida Pereira” a la cual pretende volver algún día. Por el momento alivia su melancolía almorzando todos los sábados en un restaurante de comida colombiana, donde encuentra la alegría de varios compatriotas que están en su misma posición, han tenido que optar por dejar un trozo de sus vidas para conseguir una mejor situación económica, difícil de lograr en su país natal