Tony Blair y su punto más negro al mando de Inglaterra:
Una guerra que no era de él
La guerra contra el terrorismo echó por tierra un gobierno que podría haber sido recordado por sus logros. Sin embargo, la obstinada determinación de Blair de involucrar a Inglaterra en un conflicto que no era de ellos, significó un punto de quiebre entre el electorado británico y el líder del Laborismo. La caída en la popularidad del Premier obligó a dejar un tercer mandato inconcluso y a vivir con las consecuencias de la lucha contra el terrorismo.
Por Sebastián Parraguez Soto

Tras 18 de años de gobierno conservador, los británicos habían optado por renovar Downing Street, y no sólo la fachada. La llegada de Anthony Charles Lynton Blair –alias Tony Blair– el 2 de mayo de 1997 significó un giro en la política de la isla británica, la que se dejó sentir durante los diez años de su gobierno.
El carisma que tenía el líder laborista le daba, ante la opinión pública, un piso que fortaleció principalmente durante su primer período como Primer Ministro, basado en “La “Tercera Vía”, una forma de hacer política que intentaba capturar adherentes en la clase media británica y la gente que no se identificaba con ningún sector político.
Sin embargo, todos los planes que tenía el Primer Ministro Británico para los segundos cinco años de gobierno quedaron en fojas cero el 11 de septiembre de 2001. El atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York marcó la política no sólo norteamericana, sino que también la inglesa.
De Afganistán a Irak
“Las democracias del mundo tenemos que unirnos para luchar y erradicar completamente este mal del planeta”, afirmaba Blair en la BBC. Las palabras del líder británico sellarían la participación de los ingleses en la nueva coalición contra el terrorismo.
Primero fue Afganistán el 2003, donde el objetivo era derribar al gobierno talibán, el que había sido denunciado por parte de Estados Unidos de apoyar las acciones de Al Qaeda. Más aún, se señalaba que en el país se encontraría el cerebro de la organización terrorista, Osama Bin Laden.
Posteriormente, fue el turno de Irak. ¿El motivo? La certeza, según Bush, de que el gobierno de Sadam Husein producía armas de destrucción masiva, algo que en la actualidad ha sido completamente descartado.
Pero cuando las cosas parecían lograr cierta calma, y el gobierno de Blair por fin había podido llevar la atención hacia la política interna, nuevamente el tema de Irak vuelve a la mente de los británicos.
El suicido de David Kelly –experto en armas– desnudó el engaño al que se había sometido a la opinión pública inglesa, al echar por tierra las razones utilizadas por el gobierno para justificar su participación en la guerra de Irak.
Pero, a pesar de lo anterior y de las cada vez más intensas protestas en contra de la intervención internacional en tierras iraquíes, Tony Blair, obstinadamente, desecho la posibilidad de una pronta retirada de las tropas británicas.
Caída libre
Ya en pleno segundo período, el terrorismo se dejó sentir en pleno corazón de Gran Bretaña. Los atentados del 7 de julio de 2005 le entregaron a Blair la convicción de que debía comprometerse más que nunca en la lucha contra el terrorismo, aunque para el pueblo británico la lectura fue diametralmente opuesta.
Lo que ocurrió en Inglaterra era el precio que estaba pagando el país al haberse involucrado en una guerra que no era de ellos y que no tenían porqué haber luchado.
Los escándalos fueron opacando aún más el trabajo de Blair. Los cuestionamientos al financiamiento recibido por el Partido Laborista, sumados a los escándalos que envolvieron a varios de sus ministros, dejaron un recuerdo amargo entre los ingleses.
La unión de Estados Unidos e Inglaterra no derribó a George W. Bush, pero sí a Tony Blair, porque independiente de la baja en las encuestas, el laborismo se impuso en las elecciones parlamentarias de 2005 con una importante mayoría.
Al parecer, Blair entendió ese viejo dicho que reza “soldado que arranca sirve para otra guerra”, dejando los destinos de Inglaterra en manos de Gordon Brown, su ministro de Hacienda.
Aliado obligado
Entonces, la pregunta parece ser una sola: ¿Por qué cayó el líder británico y no Bush, si este último fue el mentor de la cruzada contra el terrorismo mundial? “En un país como Inglaterra, donde la tradición democrática es un valor que no se traiciona por nada, es complicado ser socio de otra nación que no acepta pensamientos distintos al de ellos”, señala George Soros en su libro “La Burbuja de la Supremacía Norteamericana”.
Además, hay que recordar que Estados Unidos exige de sus aliados una obediencia sin cuestionamientos, algo que Tony Blair le debía a EEUU luego de que estos fueran garantes de las negociaciones con Irlanda del Norte (Bill Clinton, 1998, Acuerdo de Viernes Santo).
Por todo esto, la sombra de Irak permanecerá siempre sobre la figura del ex Premier inglés. Para suerte de su partido, las consecuencias no llegaron al núcleo del laborismo, lo que les permitió ganar las elecciones de 2005, aunque Blair debió dar paso de forma anticipada a Gordon Brown.
Ahora, en manos del nuevo líder británico se encuentran los destinos de las tropas inglesas en Irak. Sin embargo, los incidentes ocurridos durante la última semana serán de utilidad para justificar la presencia del ejército anglosajón en Medio Oriente, aunque quizás la gente no le otorgue una nueva oportunidad a los laboristas en las próximas elecciones.