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Tony Blair y su relación con la monarquía inglesa:

El hombre que le torció la mano a la Reina

Hay quienes especulan que su relación fue difícil. Otros, que se ayudaron mutuamente. Indiferente a eso, los cambios que hizo Blair a la monarquía dieron un vuelco a  la historia de Inglaterra.

Por María Fernanda Araya Pardo


Históricamente, desde que existe la figura del Rey como máximo exponente de un régimen monárquico, quien posee ese título se ha visto como una figura imbatible, a quien nadie puede rebatir y la cual puede gozar –por su posición– de los máximos privilegios.
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No obstante, Tony Blair –el recién renunciado Primer Ministro británico– se propuso que, en pro de la modernización de su país, esto debía cambiar. Y así lo hizo desde un primer momento. De hecho, tal como lo confirman archivos del diario "El Clarín", sus primeras palabras en 1997 al momento de asumir su cargo como Premier fueron: “La monarquía se modernizará”. Frase que desde luego se hizo sentir en el Palacio de Buckingham, durante sus tres períodos de gobierno.

Blair desde ahí entendió que podía realizar cambios en la realeza, sin  que eso significara quitarle su apoyo a la Reina Isabel II. Muestra de ello fue el asesoramiento público que le dio a su majestad, para que ésta reaccionara con sensibilidad a la muerte de la Princesa Diana de Gales. Incluso, la salvó del día de furia –post muerte de Diana– ya que mientras ella se encontraba aislada en el Palacio Balmoral, sin dar ninguna palabra sobre la tragedia vivida por su nuera, la gente le reprochaba ¿dónde está nuestra Reina?

Fue así como todo empezó a cambiar al interior del Palacio de Buckingham. Siendo la primera maniobra de Tony Blair, según "El Clarín", “aterrizar los problemas de la familia real, haciéndolos parecer como los de cualquier mortal”.

Los dolores de cabeza de la Reina

Desde entonces, Blair no dejó de utilizar distintas tácticas para lograr que tanto su gobierno como la monarquía pudiesen convivir de la mejor manera, sin que la soberana se pudiese entrometer mucho en las decisiones de Estado.

No obstante, algunas de las transformaciones del Primer Ministro no fueron del agrado de la Reina. Al menos así lo sostiene el diario "The Sunday Telegraph", quien destaca que la soberana fue muy crítica frente a la política de una década del gobierno Laborista, la cual la considerada perjudicial para la vida rural.

Siguiendo esta tesis, otra de las acciones que causaron desagrado en la realeza fueron las reformas del año 1998, donde Gordon Brown –en ese entonces ministro de Finanzas y hoy Premier de Inglaterra– preparaba una propuesta para disminuir el sueldo anual de la familia real, por considerar que hasta ese momento el Gobierno había sido muy “generoso”.

Simultáneamente, diario "El Mundo" daba a conocer un informe elaborado por el “Instituto Demos” de opinión pública, donde se develaba un plan para reformar la monarquía. Una de esas sugerencias era separar a la Reina Isabel II de la Iglesia Anglicana de Inglaterra, ya que se le criticaba mucho que ésta se identificara sólo con una religión, además de la propuesta radical de despojar a la monarca de sus poderes políticos, y de exigir a sus sucesores que se sometieran a referéndum antes de asumir el trono.

Pero al parecer Blair quiso hacer las cosas bien, ya que sabía que un cambio brusco podía desestabilizar el poder monárquico. Según el mismo diario "El Mundo", era un “ferviente partidario, así como también la soberana lo era de él”. Esto porque, según el periodista francés Marc Roche, “la Reina es una persona que prefiere el consenso a la polarización”. Por eso el comunicador especula que el retorno en 1997 –de la alternancia al poder después de 18 años de gobierno conservador– fue del agrado de la Reina, razón por la que habría apoyado la guerra en Irak y la idea de convertir a Inglaterra en el “corazón de Europa”.

No obstante, los medios de comunicación siempre dieron a entender que la Reina tenía temor a perder su poderío, con la serie de reformas y cambios que quería implantar el líder del partido Laborista, tanto en el país como en las atribuciones de monárquicas. De hecho, es el mismo Roche quien sostiene que uno de los miedos de la Reina era que el nuevo laborismo de Blair golpeara a la clase media con sus reformas económicas, porque eso la haría perder apoyo popular.

Pese al apoyo y al respeto que Blair le tuvo a la realeza hasta el minuto de dimitir, no dudó en considerar necesario reestructurar el poder monárquico para modernizar a Inglaterra. Y así lo hizo, debilitando el poder central. Es decir, directamente a la Reina Isabel II, al crear un Parlamento escocés y una Asamblea en Gales.

Pero lo que de seguro hizo sacar de sus casillas a la Reina Isabel II –según Marc Roche– fue la liberación de los muros y, en particular, la legislación del matrimonio entre homosexuales, el cual a su juicio “cayó mal a las fuertes convicciones religiosas de la gobernadora suprema de la iglesia anglicana”. Sin lugar a dudas esto enardeció al poder conservador de la soberana, puesto que rompía abruptamente con todos sus esquemas de gobierno.

De igual forma, a la Reina Isabel II no le quedó más que ceder tanto a la eliminación de los Lores en el Parlamento, como a la ley de caza que prohibía el uso de perros en esta actividad, aún cuando esos cambios significaran el fin de algunas de sus tradiciones. Sabía que debía retribuirle a Blair su apoyo incondicional, no sólo cuando murió Diana, sino también cuando él la defendió en el juicio contra el mayordomo de la Princesa, Paul Burrell.

Aunque Tony Blair ya no será más una pesadilla para la soberana, sus dolores de cabeza podrían volver con la llegada de Gordon Brown, ya que no puede olvidar que fue él quien impulsó las reformas monárquicas, que le hicieron perder parte de su influencia en la tierra inglesa.