Haití

Haití y el costo de un país que auguraba un buen porvenir:
Una Independencia que Costó Cara

La nación caribeña sigue cargando con el recuerdo de haber sido una de las colonias más prósperas del nuevo continente en el siglo XVII. No obstante, el peso más grande que tiene que soportar es el cuestionamiento colectivo respecto de si su independencia fue un buen paso o definitivamente el detonante de su miserable situación actual.

Por Mackarena Pastén

Hace tres años atrás -el primero de enero de 2004- la República de Haití  celebró su segundo centenario como estado independiente. Sin embargo, en la actualidad, existen pocos motivos para festejar debido a que este pequeño territorio se ha convertido en la nación más pobre de América.              

El país se encuentra en una situación agónica, al borde del desastre, rendido ante una mísera situación económica y social que es gravitada por una terrible crisis política.              

Según Naciones Unidas, casi 4 millones de personas, sobre un total de 8 millones, necesita ayuda humanitaria para sobrevivir.  Actualmente, su esperanza de vida no supera los 50 años, debido a que más del 70 por ciento de sus habitantes se encuentra viviendo en la pobreza absoluta y con pésimas condiciones sanitarias.               

Además, el SIDA es un problema de gran magnitud en esta localidad, que ha diezmado una parte importante de la población.              

Es difícil imaginar que, siglos atrás, esta zona fuera considerada una de las colonias más prosperas de todo el mundo. Que, guiada por Francia, logró posicionar su economía por encima de las 13 colonias británicas -que hoy corresponden a Estados Unidos- y también superar a Brasil en la producción y exportación de azúcar, al punto de llegar a convertirse en el mayor abastecedor de su colonizador y del viejo continente en esa época.              

La interrogante que surge es ¿Cómo una colonia con semejante situación económica terminó convirtiéndose en un país miserable, sumido en la pobreza?                

Las razones pueden ser muchas, pero todas tienen un mismo origen: La Independencia de Haití.

La Belle Epoque              

La historia de Haití parte el 6 de diciembre del año 1492, cuando la isla es descubierta por Cristóbal Colón quien le da el nombre de la Hispaniola y la entrega al Imperio hispánico.              

La parte oriental constituyó la primera sede de la colonización española y fue esta zona la que conoció un considerable auge durante el siglo XV. En contraste, el territorio occidental -por desértico y montañoso- nunca fue ocupado en la misma forma que el oriental.              

En el siglo XVI bucaneros, filibusteros, contrabandistas y reos fugados de Francia desembarcaron en Santo Domingo -zona occidental de la Hispaniola- y aprovecharon que estaba desolada para fundar allí lo que ellos llamaron Saint Domingue, que en el futuro se convertiría en Haití.               

A partir de 1661, bajo el poder de Luís XIV, Francia hace su aparición en el nuevo continente y comienza a darle un impulso organizado a su obra colonialista.  Desde ese momento es lícito hablar de una verdadera colonización, es decir, de una ocupación oficial con la responsabilidad que incumbía, lógicamente, al gobierno metropolitano en cuanto a la administración.              

El 20 de septiembre de 1697 Francia y España firman el tratado de Ryswick, que sienta las bases para que los galos ocupen un tercio de la parte occidental de la isla La Hispaniola.              

Al poco tiempo la zona occidental de la isla se transformó en la principal colonia francesa, y posiblemente en el territorio más rico del mundo, gracias a la proliferación de plantaciones de azúcar, café, y otros productos.               

Desde 1512 comenzaron a llegar los primeros esclavos africanos y el desarrollo económico de la isla favoreció el empleo de este tipo de mano de obra, debido a que el sistema de plantación estuvo basado en el uso de gran cantidad de esclavos que, viviendo y trabajando en penosas condiciones, morían rápidamente, lo que promovía masivas importaciones de nuevos prisioneros para que trabajaran la tierra.               

Bajo el alero francés, la colonia de Saint Domingue había desplazado del mercado azucarero a Brasil, Jamaica, Barbados y Martinica, convirtiéndose en la principal colonia del país galo en el Caribe. El auge se acentuó con la necesidad que tuvo Estados Unidos de comprar azúcar a Saint Domingue, a raíz de la orden dada por Inglaterra a sus colonias azucareras de las Antillas de no venderle productos al país que acababa de independizarse.

Norteamérica, cuya industria se basaba en gran medida en las destilerías, se vio obligada a comprar masivamente azúcar a Saint Domingue.              

Otro mercado que conquistó esta imponente colonia fue el de la zona oriente de la isla, Santo Domingo español, que pasó a depender en gran medida del mercado francés -que era el principal comprador de ganado- porque esclavos y maquinarias necesitaban alimentos y animales de tracción en una cantidad que sólo podía suministrar la parte oriental de la isla.               

Este periodo de bonanzas económicas no fue igual para todos los habitantes de la colonia, ya que la sociedad se organiza en diferentes grupos basados en la pureza racial y, obviamente, la repartición de los dividendos se hacia de igual manera.              

Las clases sociales estaban conformadas por los blancos,  que eran funcionarios del gobierno francés fundamentalmente; los mulatos y negros libres que pretendían emular las costumbres francesas;  esclavos que trabajaban en las plantaciones; y los negros crillones, aquellos esclavos que huían de sus dueños.              

Poco a poco estas  y otras desigualdades en términos de intercambio impuestas por el sistema cerrado de monopolio, comenzaron a provocar un disgusto generalizado entre los colonos.              

Hasta ese momento no se tenía precedentes de grandes conflictos sociales, más que de unas pequeñas revueltas entre los esclavos.

Un mal paso               

No obstante, los aires revolucionarios comenzaron a soplar muy fuerte.               

Y entre 1776 y 1789 ocurren dos hechos que cambian por completo la historia de Haití. Primero en las cercanías de Saint Domingue, las colonias británicas se revelaron y consiguieron su independencia en 1776, conformando a los Estados Unidos. Luego, acaeció otro hecho coyuntural en el corazón mismo del imperio, la Revolución Francesa de 1789 que terminó con el antiguo régimen.  Ambos hechos fueron decisivos para que los colonos se decidieran a luchar por un autogobierno.              

Desde 1791 hasta 1804 la colonia francesa vivió una de las épocas más azarosas de su historia. Los mulatos y negros, alentados por un reducido grupo intelectual de su etnia, se levantaron en armas y lucharon contra el temido ejército de Napoleón Bonaparte, adjudicándose la victoria.              

Fue así como las clases más bajas proclamaron la independencia de la colonia bajo el nombre de Haití. La post guerra de aquella lucha colonial fue bastante dura para Haití y sus pobladores -la resaca de guerra duró 13 cruentos años- lo que prácticamente desorganizó su economía y el mercado exterior.

Varios fueron los países que le dieron la espalda a este nuevo estado que nacía. La construcción de la primera República negra en el nuevo mundo fue un duro golpe al sistema esclavista predominante en la región. Esta no era vista con buenos ojos, menos aún por aquellos imperios que tenían una producción basada en la esclavitud, porque temían que este mal ejemplo causara revueltas entre sus esclavos. Además, la monarquía restaurada en Francia no restableció el comercio y las relaciones diplomáticas esenciales para la supervivencia del nuevo país.

Haití se vio obligada a cambiar su modo de producción, reduciendo sus proporciones macro hasta llegar a un cultivo de abastecimiento particular, pues ya no tenían clientes ni dinero para mantener los inmensos cultivos de azúcar y café.

La nación que se formaba fue condenada a la soledad. Nadie le compraba. Nadie le vendía. Nadie la reconocía. Se le cerraron todas las puertas.

En esos años de incertidumbre, el reducido grupo de intelectuales de color no fue capaz de administrar eficazmente la próspera colonia que habían recibido; no supieron ordenar a la población y mucho menos repartir la tierra equitativamente entre sus habitantes.

Desde ese momento comenzaron a desfilar una serie de gobiernos autoritarios, dirigidos por la elite. Todos intentaban reactivar la economía del país, pero lo único que conseguían era enriquecer sólo a la clase dirigente.

Haití, con los años, se ha dado cuenta de que su temprana emancipación fue un mal paso. Un proceso apresurado y dirigido por personas equivocadas, porque los intelectuales que apoyaron la formación de una república negra no lo hicieron para beneficiar a los abusados por la colonia, sino para su propio bien.

Esta mala dedición dejó una herida demasiado profunda entre los haitianos, que ven  en la actualidad  cómo los sacrificios y esfuerzos de sus antepasados fueron en vano. Pese a tener el merito de ser el segundo  país de América que conquistó su independencia, hoy viven en condiciones deplorables, de pobreza absoluta, similares a las penurias que pasaban los esclavos de la colonia.

Lo único que los diferencia de sus ancestros y que los consuela, es el hecho que ellos son personas libres. Libertad que cuidan celosamente, pues el precio que han tenido que pagar por ella ha sido demasiado alto.