Caos y descontento en la población por Ineficiencia constitucional:
Quiebre en Haití
Desde el primer día en que Jean- Bertrand Aristide, sacerdote y político, asumió su segundo mandato de la Presidencia, en febrero del 2001, nada le fue fácil. El escenario político y social del momento no generaba esperanzas. El clima era gris. En ese momento Aristide jamás imaginó que terminaría su segundo mandato con lo que hoy conocemos como la “crisis del 2004”.
Paulina Bravo.
Desde un comienzo las elecciones que llevaron hasta el sillón presidencial a Aristide, fueron blanco de duras críticas. Y no importó que las cifras finales fueran excelentes para el clérigo, logrando una avasalladora victoria de un 92 por ciento. Número que cualquier político anhelaría alcanzar. Para la oposición, el proceso de elección fue un fraude. Y punto. Sin ninguna duda. Los resultados nunca quedaron del todo claro. Los roces no terminaron con el conteo de votos. Al contrario, empezaron ahí. Desde muy temprano, el camino hacia la crisis comenzaba a pavimentarse.
Aunque el porcentaje casi perfecto que consiguió Aristide estaba dentro de un marco de participación de 3,5 millones de haitianos, no todos tenían derecho a votar. El total de habitantes es de 8,3 millones, por lo que muchos no se subieron al carro de la victoria. El miedo generalizado y las amenazas políticas de algunos sectores oficialistas, dificultaron la concurrencia de la población a las elecciones. El hombre que gobernaba en ese momento, René Préval, era un reconocido partidario de Aristide, muchas veces quienes tienen el poder intentan conservarlo a toda costa entre los suyos. Y así fue.
Para el ministro Yvon Neptuno, Haití ha estado en crisis desde ese momento, cuando Aristide ganó las elecciones legislativas cuya imparcialidad fue cuestionada por la oposición y la comunidad internacional. El Consejo Electoral Provisional informó sobre un nivel de participación del 60%, pero nadie fuera del oficialismo aceptó esta cifra; según la oposición, el índice real no había excedido el 10%.
Aristide –al igual que en la primera oportunidad- ejerció su mandato lidiando contra una fuerza que continuamente presionaba a la revuelta. Si a esto se suma la extrema pobreza que afecta al país, las posibilidades de éxito del eclesiástico eran nulas.
Asumir el timón de un país en el que más de la mitad de la población es víctima del hambre, no es nada fácil. Todo un desafío. Pero a pesar de la precariedad nacional, en un acto populista, él prometió acabar con la pobreza. Contra la dificultad que esto conllevaba, se arriesgó. Y se quemó. Su credibilidad se fue al piso. Sus palabras no se concretaron. Quedaron en eso: “palabras”. Y ese era sólo el comienzo. El primer peldaño de una escalera que no se agotaría hasta llegar al mismísimo conflicto del 2004.
El vaso estaba a punto de rebasarse. La rebelión estaba organizada: armada. Pero las primeras gotas que terminaron inundándolo, cayeron el 2003. El momento de escoger un nuevo presidente había llegado. Aristide había fracasado, y su último cuarto de hora estaba llegando a su fin.
Las intensas discusiones con la oposición, no permitieron que las ansiadas elecciones se llevaran a cabo a finales del 2003. Sin embargo, sus opositores le acusaron de no querer organizarlas. Y peor aún, de pretender implementar la dictadura.
La situación se vio agravada además porque “el FMI impuso la aplicación de precios flexibles en los combustibles, lo que trajo como consecuencia una fuerte espiral inflacionaria que incrementó el descontento popular hacia el gobierno” . Haití no daba más. El agotamiento político se traducía en una catarsis social. Los saqueos, los asaltos, el hambre y el descontento, estaban a la orden del día. La violencia, la rabia y la corrupción, se habían instalado en el espíritu del país. La belleza de sus playas era imperceptible. En la isla, el sol había dejado de brillar.
Y todo iba de mal en peor. Aristide aún estaba a la cabeza del Ejecutivo, y para colmo, en enero del 2004 la facultad de la mayoría de los legisladores llegaba a su fin. Mientras los desordenes se incrementaban a ritmo acelerado. Aristide debería seguir gobernando, entre presión y presión, a través de decretos. En diciembre del 2003 prometió nuevas elecciones. Propuso un plazo de seis meses; rechazó las peticiones de la oposición para su renuncia inmediata y alimentó aún más la enemistad.
Los índices económicos de Haití estaban literalmente en el suelo. Habían entrado en un abismo difícil de salir ileso. Según el Banco Mundial, la economía cayó a un ritmo medio de 0,2% anual durante la época. La situación era alarmante. Preocupante, por decirlo menos.
Es así como las violentas protestas en contra del sacerdote en enero de 2004, llevaron a fuertes batallas en Puerto Príncipe, las que incluso dejaron víctimas mortales.
Sin embargo, lo que realmente terminó por cortar el elástico, fue la revuelta en la ciudad de Gonaive el 5 de febrero del 2004. El Frente Nacional Revolucionario por la Liberación de Haití, banda insurgente que antes simpatizaba con Aristide, resultó responsable. Quién podía imaginar que la misma organización que un día había dado su apoyo a Aristide, se tornaría en su contra. Y es que el “ejército Caníbal” (denominación antigua), lo acusaba con total convicción de haber mandado a matar, en septiembre del 2003, a uno de sus hombres.
Fue así como los subversivos tomaron las riendas de Gonaives, y la sedición amenazó más que nunca antes la Presidencia de Aristide. Los rebeldes lograron desalojar a la policía en más de una docena de pequeñas locaciones al norte del país. La situación se escapó de las manos. La legitimidad de los poderes fácticos se perdió.
Pero no todo acabó ahí. El 17 de febrero, 12 días después, los aires revolucionarios se dirigieron hacia la ciudad de Hinche, en el centro. En esa oportunidad los sublevados mataron al jefe de policía, y a dos de sus guardaespaldas, incendiaron el cuartel policial y liberaron a los presos. Los actos escapaban de toda norma. Las leyes ya no estaban para ser cumplidas, si no para ultrajarse.
Después de los triunfos alcanzados en distintos puntos por los grupos revolucionarios, la Organización de Estados Americanos (OEA) respaldó al Presidente de Haití, Jean Bertrand Aristide, pero le reclamó respetar los derechos humanos y los tratados pactados con la comunidad internacional. La OEA instó a Aristide y a la oposición haitiana a ser consecuentes con la propuesta de la Comunidad del Caribe (CARICOM), que solicita “designar un nuevo gobierno con un primer ministro neutral e independiente, liberar a presos políticos, desarmar a las pandillas y negociar normas para manifestaciones”.
La mirada atenta de países cercanos y lejanos a Haití, estaba puesta en los movimientos de Aristide. El 21 de febrero del 2004 se aceptó el Plan de Paz presentado por intermediarios internacionales dirigidos por Estados Unidos. Sin embargo, faltaba que la oposición -un grupo de empresarios, partidos políticos, y organizaciones de derechos civiles- dieran el sí. Incluso el complicado Aristide había estado de acuerdo en conversar con naciones de la CARICOM un mes antes de la decisión. Pero la oposición lo rechazó. El argumento era que no creían que el mandatario llevaría a cabo las reformas y fueron enfáticos en solicitar su renuncia. El gobernante estaba en tiempo extra. A esas alturas era poco lo que podía hacer. Su salida del cargo se hacía inminente.
Es así como el 22 de febrero del 2004, “los rebeldes haitianos atacaron Cabo Haitiano, la segunda mayor ciudad del país y el último bastión que le quedaba al Gobierno del Presidente Jean Bertrand Aristide en el norte del país, celebrando con disparos al aire mientras las multitudes saqueaban e incendiaban edificios” . Gran parte del país quedaba en manos de los guerrilleros. Sin embargo, para el oficialismo todo era culpa de la oposición.
“Son acciones terroristas (…) Los terroristas deben ser neutralizados. Los autores de estos actos pertenecen al brazo armado de la oposición”, manifestó en ese momento Mario Dupuy, Secretario de Comunicaciones del gobierno de Aristide. Como en todo gobierno, nunca se dejó de criticar a la oposición. Las responsabilidades se depositaban en ella. La carencia de autocrítica en la gestión era evidente, y el único enfrentamiento que faltó fue con la corrupción.
Mientras en el extranjero continuaban los mensajes de paz, el presidente del Consejo de Seguridad de la ONU, Wang Guangya, de China, hizo un llamado tanto al gobierno como a la oposición de Haití para que aceptaran el plan internacional de reconciliación y se alejaran de la ruta de la violencia.
Al día siguiente, la Comunidad de Países del Caribe (CARICOM), se pronunció a través de las palabras del ministro del Exterior de Jamaica, Keith Knight, quien presionó a la ONU a enviar “urgentemente y de forma inmediata” un ente internacional que vele por la paz de Haití. Al mismo tiempo, Francia envío al Consejo de Seguridad un escrito en el que solicita a la ONU la aprobación de una fuerza internacional de paz encargada de establecer el orden público y sostener el apoyo humanitario en Haití.
El 29 de febrero, del mismo año, Aristide se dio por vencido: presentó su renuncia y abandonó el país. El presidente del Tribunal Supremo, Boniface Alexandre, y el primer ministro Gerard Latortue, debieron ejercer como líderes hasta marzo del 2006. En ese momento se realizó la juramentación de René Préval de acuerdo a la línea de continuación, como el presidente del Tribunal Supremo, por el cargo vacante "dejado" por Aristide.
No fue fácil terminar con el gobierno de parche. Los comicios se postergaron en cuatro oportunidades por la aguda inestabilidad del país, y finalmente se llevaron a cabo el 15 de febrero del 2006. Las elecciones fueron supervisadas por el cuidado permanente de la ONU. Y Haití tenía un favorito. Su nombre era René Préval, del Partido de la Esperanza, simpatizante de Aristide para sorpresa de todos.
El panorama no gustó a muchos; ni al entonces gobierno haitiano, ni a la derecha, ni menos a Estados Unidos. Incluso podemos ver que “medios de comunicación de diversos países denunciaron presiones de Estados Unidos para llevar a una segunda vuelta en el proceso electoral haitiano, sin tomar en cuenta el caos y la violencia que ocasionaría una imposición de ese tipo” .
El hecho es que guste o no a algunos, Préval es quien llegó a la Presidencia y nada menos que con un 51,15 por ciento de los votos, tras escrutar el 96% del electorado. Esta vez la participación fue generalizada.
La crisis del 2004 fue dura para Haití. Sus consecuencias aún no se han logrado superar. La inestabilidad política, propia de ese país, ha impedido que los haitianos puedan salir adelante.
Aristide, como muchos otros jefes de Estado, utilizó el populismo como herramienta, no obstante fue incapaz de cumplir sus promesas. Por otra parte, la fuerte oposición fue una constante en su mandato, dificultando aún más su labor. Lo ocurrido hace tres años fue reflejo de una nación que no ha podido fortalecer su República, y de no hacerlo pronto, es probable que más crisis caigan por sí solas.