Haití

Opinión

La caridad... ¿parte por casa?

Por Sebastián Parraguez


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Corría el año 2004, y el mes de febrero recién renovaba el calendario mundial, cuando una rebelión armada obligaba a la salida del Presidente de Haití, Jean-Betrand Aristide, tras décadas de inestabilidad.

No pasaron dos días y Ricardo Lagos pregonaba el compromiso de Chile con la comunidad internacional al anunciar el envío de un contingente militar a la conflictiva isla caribeña, con el fin de restablecer la paz extraviada por culpa de los mismos que llevaban ahora la batuta en la nueva cruzada en pro del orden mundial, Estados Unidos y Francia.

Separado por tres años, y con la visión maternal de Michelle Bachelet en La Moneda, los chilenos asistíamos casi en vivo y en directo al desastre de Aysén, donde un sismo y posterior maremoto chilensis remeció el día de miles de personas en la zona austral y terminó con la vida de una decena de ellos

Pero, a diferencia de la primera reacción del gobierno chileno, la Presidenta demoró en aparecer por Palacio para decidir cuáles iban a ser las acciones que se tomarían para ir en rescate de la población sureña, y de hecho, aún no se entienden muy bien estas medidas.

Entonces… ¿Por qué no fuimos capaces de responder igual de rápido en Aysén, con nuestros compatriotas, pero sí corrimos cuando los problemas sucedían a miles de kilómetros de distancia? ¿Qué deuda teníamos, y que al parecer aún no terminamos de pagar, para seguir en Haití?

Para muchos de los que se mostraron a favor de la participación nacional en tierras isleñas, la llegada de las tropas a Haití serviría para que la comunidad internacional y, especialmente, Latinoamérica, reconociera el compromiso de Chile para con sus vecinos, un compromiso que iba más allá de los acuerdos comerciales y que privilegiaba la responsabilidad social por sobre la económica. En fin, era la posibilidad de volver a mostrar la preocupación por el vecindario que la Cordillera de los Andes nos hace sentir tan lejano en ocasiones.

Sin embargo, para otros, la presencia chilena en Haití era la boleta que debíamos pagar por no apoyar la invasión norteamericana en Irak. Aunque también hay una lógica de conveniencia para Estados Unidos y Francia ya que la participación de los militares nacionales les servía para dotar de legitimidad regional la utilización de tropas en un país que habían dejado a su propia suerte.

haiti 2Tampoco debemos desconocer que las tropas nacionales han tenido una activa participación en la estabilización y reconstrucción del convulsionado país, a pesar de que el ex Presidente Ricardo Lagos recalcaba que la función principal de la misión nacional en tierras extranjeras sería garantizar un posible proceso eleccionario. Pero cuando esto ya ocurrió ¿Aún se justifica la presencia nacional en las cálidas tierras centroamericana?

Es que lo que a muchos les cuesta entender es que el compromiso que ha adquirido nuestro país no le permite llegar y salir de esta alianza multinacional, porque no sólo está puesta a prueba la capacidad de Chile para responder a las necesidades internacionales, sino el Latinoamérica puede solucionar sus propios problemas, aunque parece que siempre hay que ir de la mano del país del norte.

Pero el conflicto o, mejor dicho, la complicación, va más allá de la responsabilidad compartida por la comunidad internacional. La gigantesca división política existente en Haití no otorga muchas garantías de que las elecciones de 2006 signifiquen la pronta solución de los problemas de la población isleña, los cuales no se relacionan para nada con el envío de tropas o de cualquier otro tipo de misión humanitaria.

Para Chile los retos no dejan de ser importantes. Haití podría transformarse en el Irak de nuestro país, quizás no por el número de bajas, pero sí porque podríamos no saber retirarnos en el momento correcto de la nación caribeña, aunque ya el Senado nacional señaló que la presencia de los militares chilenos no se prolongaría por más de cuatro años.

Pero más allá de los compromisos internacionales que tiene Chile como pilar fundamental de la región, nuestra clase política debe entender que lo más importante ocurre dentro de las fronteras del país y no fuera de éstas, y que, aunque el mundo se esté cayendo a pedazos, lo primero que hay que afrontar son los problemas de la casa antes de ir a pregonar por el mundo nuestra responsabilidad como actores de un mundo cada vez más interconectado.