Violencia hacia las mujeres africanas:
Cuestión de venganza
Desde que la guerra se ha acrecentado en el continente negro, la población femenina se ha convertido en una potente arma de defensa para los hombres, a la hora de atacar a sus contrincantes. Desplazando así sus habituales ritos culturales por incesantes abusos contra el sexo débil.
Por Fernanda Araya

Siempre se nos muestra la violencia en África como un hábito cultural. De hecho, pese a que para occidente ha resultado siempre una barbaridad que a las mujeres africanas se les realice ablación, para la población de dicho continente parece de lo más normal y correcto.
Por esa razón, tal como lo señala, María José Lombardo en un artículo en el que observa este conflicto, parece ser que esta situación está sometida a “interpretaciones subjetiva y objetivamente aberrantes para todo lo que es occidente”, puesto que no logramos entender cómo se puede someter a tales prácticas a esas mujeres.
No obstante, esta investigadora señala que esto sólo se reduce a una noción muy básica de lo que es abuso hacia el género femenino, porque a su juicio, lo que realmente debiera preocupar a los organismos de derechos humanos internacionales, son las violaciones contra las mujeres, que desde esa perspectiva es el mismo tipo de violencia que se vive en todo el mundo.
Prueba de ello es la definición de concepto en el Diccionario de la Real Academia Española el cual señala a la violencia como “la acción violenta o contra el natural modo de proceder y también a la acción de violar una mujer”, siendo esto último de lo que son víctimas, en la actualidad, las africanas.
Porque durante las últimas décadas las guerras que se han vivido en Ruanda, Burundi, Uganda y Sudán ha dejado como principales víctimas a las mujeres que vivían en estos lugares, quienes han sido utilizadas como verdaderas armas de guerra, al ser abusadas de las formas más despiadadas, atentando contra todos sus derechos.
Una experiencia que grafica esto, es el testimonio desgarrador de Fadum Abdi Ibrahim, una sobreviviente africana, quien durante el año 94 fue secuestrada en su casa en Somalia, por una banda de 28 delincuentes que la violaron por turnos durante meses y luego le dispararon y la abandonaron, creyendo que estaba muerta. “Soy un verdadero zombie, porque se apoderaron de mi vida y mi dignidad... por eso cada día rezaba para morir”.
En este tipo de casos se inspiró Hope Chigudu, una accionista femenina, para escribir su libro “El impacto de la guerra para las mujeres en la Región de la comunidad para el desarrollo de África del sur”, el cual relata una serie de abusos del género femenino en los conflictos bélicos internos de diferentes países del sur de África.
De acuerdo a la autora de esta investigación, lo más paradójico es que “un conflicto armado dominado por los hombres afecte en mayor medida a las mujeres tanto en su inclusión social, como económica, sicológica, física y política”.
Muestra de ello son las fuertes humillaciones a las que son sometidas las parejas de los varones derrotados. Siendo normal que los soldados ante su fracaso militar, den escape a sus frustraciones violando y torturando a las mujeres de sus enemigos.
De acuerdo a Hope Chigudu, esto también se justifica por una cuestión cultural, puesto que en Sudáfrica los hombres, al ser oprimidos por razones de raza, deciden ejercer dominio sobre las mujeres y niños, sometiéndolos a los más terribles vejámenes, para demostrar cuál es su posición en la sociedad.
Es así como Chigudu señala que no vacilan en golpearlas, abusar de ellas. Dejándoles muchas veces grandes cicatrices en sus cuerpos, arrancándoles los dientes e incluso, marcándolas para toda la vida. Sobretodo cuando las embarazan, y las contagian de SIDA.
Se ha comprobado que estas prácticas de venganza, vienen en crescendo hace varios años, de hecho Amnistía internacional denunció en el año 2003 -en su informe "Vidas rotas" - distintos crímenes contra mujeres en situaciones de conflicto, quienes al ser violentadas sexualmente, fueron utilizadas estratégicamente para alcanzar la victoria en diversos conflictos.
Esta investigación incluso arrojó que fue en Darfur – una región de Sudán- uno de los lugares donde el abuso sexual se utilizó fuertemente como instrumento de ataque y de ajuste de cuentas.
Es así como este organismo internacional dio a conocer casos en los que “hombres violaron a las mujeres en público, delante de sus esposos, familiares o de la comunidad en general”, y además dio cuenta cómo aquellas jóvenes que estaban embarazadas, y que por su estado se resistían a ser violentadas, eran “fuertemente golpeadas, acuchilladas y asesinadas”.
Así, los derechos y la dignidad del género femenino se han visto atropellados diariamente, por un montón de varones que en su afán de salir victoriosos de sus guerras, arrasan con todo, incluso con sus propias madres y con sus mujeres.
Huellas imborrables
Sin lugar a dudas, más allá de los daños físicos que las violaciones y los indistintos ataques de los que son víctimas a diario un centenar de mujeres africanas, las consecuencias más graves que trae consigo la violencia para con ellas son mucho más horrorosas.
De hecho, muchas veces se les tortura sicológicamente, por ejemplo, haciéndolas partícipes del sufrimiento de sus hijos. Un ejemplo de ello, es uno de los casos que describe el sitio de acción social www.nodo50.org, donde destaca cómo madres son testigos de la muerte por inanición de sus hijos, mientras son sometidas a golpes, torturas y abusos de todo tipo.
La situación de las mujeres es tan denigrante que incluso muchas veces se ven obligadas a contraer matrimonio, con cualquier hombre, sometiéndose así a sus reglas. Esto es lo que se denomina "Casamiento por hambre", acto que es muy frecuente en Tanzania, donde las mujeres de Burundi se casan para sobrevivir, y protegerse de todas las injusticias a las que son más propensas cuando son solteras.
Por otra parte, otras de las graves consecuencias que producen estos abusos en el género femenino, son la inactividad social a la que se someten, a tal punto de ser casi inexistentes en el territorio africano. Así lo afirma Navannethem Pillay, la única mujer sudafricana perteneciente al tribunal internacional de la Organización de las Naciones Unidas. “Cuando se es objeto de violencia femenina, uno no se atreve ni a soñar en emprender iniciativas o participar en la toma de decisiones”.
Lo anterior se acrecenta, más aún cuando las mujeres son pobres y por ende, cuando no han tenido ningún tipo de educación formal. Situación que las hace ser muchas veces condenadas a muerte y a otros castigos inhumanos e indignos, tal como lo señala Amnistía internacional.
Es decir, los derechos sociales y políticos de las africanas quedan absolutamente coartados, puesto que el género femenino vive presa del miedo, sin que exista ningún tipo de protección contra la violencia sexual, y por ende ningún tipo de condena para quienes la cometen.
Pero esta situación es casi normal en el continente negro, más aún cuando el Estado, quien vela normalmente porque se cumplan los derechos de las personas, no hacen nada frente a este flagelo social. Así lo demostró Amnistía Internacional en su informe del año 2003. En él se señala que “en países como Sudáfrica y Suazilandia, esta situación fue en gran parte fruto de las deficiencias del marco institucional y de las prácticas de los encargados de hacer cumplir la ley y administrar el proceso judicial”.
Por ende, la violencia a la mujer, más allá de la mutilación genital que es parte de su cultura, es asunto de costumbre, porque aún no está restringido. Ni las fuerzas policiales, ni las leyes pueden hacer algo para evitarlas y penalizarlas.
Cuando el mundo interviene...
Pese a que las constantes violaciones a los derechos humanos de las mujeres en África, por mucho tiempo fueron ignoradas a nivel internacional, desde el año 2005 que esta situación cambió. Esto debido a la entrada en vigencia del Protocolo de los derechos de la mujer en África, el cual reconoce un sin número de garantías para el género femenino de ese continente. Entre ellos se encuentra el derecho a la vida, a la integridad y la seguridad.
Por otra parte, también las protege contra los abusos nocivos que se le realizan en los conflictos armados, por lo que prohíbe la explotación o degradación de la mujer. Y además les garantiza a todas las féminas, de los países suscritos “la igualdad de derechos con los hombres, razón por la que prohíbe su discriminación”.
De esta manera, esta nueva disposición mundial exigió a todos aquellos países que ratificaron el Protocolo, “que revisen sus leyes políticas para cerciorarse de que se cumplan dichas obligaciones”. Y además pidió a los gobiernos africanos que se condenaran públicamente todas las violaciones contra los derechos humanos de las mujeres, y que tomen las medidas suficientes para investigar a quienes son los autores de estos delitos, incluida la policía, y todo tipo de fuerzas de seguridad.
Dentro de los 27 países que firmaron, en una primera instancia el protocolo, se encuentran: Benin, Cabo Verde, Comores, Yibuti, Gambia, Libia, Lesoto, Malí, Malawi, Namibia, Nigeria, Ruanda, Senegal, Sudáfrica y Tongo. No obstante hasta Octubre de 2006 sólo tres de estos lo habían ratificado.
Por esta razón, de acuerdo al sitio www.comcosur.com.uy, Amnistía internacional solicitó a la Unión Africana (UA), que incentive a los estados a ratificar el compromiso, puesto que si no lo hacen, no se podrá frenar los constantes abusos a las mujeres africanas, quienes producto de esto, continúan siendo víctimas de todo tipo de discriminación y de abusos.
Muestra de ello son las 23 víctimas de violación que tuvo Kibirizi, de acuerdo al sitio www.lukor.com, durante la semana pasada, abusos que afectaron -en su mayoría- a “niñas de poca edad que han recibido tratamiento en Kanyabayonga, situación que las hace situarse en el último grupo de desplazados”.
Por lo anterior, un grupo de mujeres africanas de Grandes Lagos, solicitó que la violación sea considerada Crimen contra la humanidad, al igual que el genocidio y otros delitos de guerra.
Esta petición la realizaron en el encuentro de la República democrática del Congo, donde Marie Ingalible, experta en género de Ruanda, aseguró que la violación se ha convertido en una epidemia real en esa región, razón por la que apelaron también a la conciencia de los hombres, explicándoles que esas mujeres que están siendo violadas y humilladas pueden ser sus esposas e hijas, y que en ese sentido a ellos también les afecta.
Durante este encuentro en Kinshasa también pidieron a sus Gobiernos que “compensen a las víctimas de estos abusos con tratamientos médicos y sicológicos, para que de esta manera las mujeres que han sido violentadas, puedan ayudar a la prevención y solución de conflictos en sus países”, al tener experiencia respecto al tema.
Mientras, centenares de mujeres a diario continúan siendo víctimas de golpes, abusos deshonestos, violentadas delante de sus familiares, en distintos lugares de África, en donde, pese a que se reconoce a este tipo de acción como abuso, no se toman medidas en concreto.
Es por eso que tal como lo señala Hope Chigudu, para que se produzca un cambio favorable, es necesario que los países africanos tomen conciencia de la situación de sus mujeres, para que salvaguarden realmente su seguridad psicológica, social, económica y física, porque a su juicio, “ningún cambio cosmético va a dar el resultado deseado hasta que se articule satisfactoriamente el papel activo de la mujer en el ámbito de la toma de decisiones”.
Es decir, mientras las mujeres africanas continúen siendo azotadas, violadas y tratadas de la manera más indignas, menos serán escuchadas en sus respectivos países, y así el sexo débil más se alejará de la posibilidad de alcanzar un reconocimiento en África. Facilitando de esta manera el panorama a aquellos que desean hacer del abuso un verdadero hábito.